“Un poco de esperanza
es efectivo; demasiado es peligroso. Una chispa está bien, siempre y cuando se controle.”
“Los Juegos del Hambre” es la adaptación de la primera parte
de la exitosa trilogía homónima de Suzanne Collins. La primera vez que la vi esperaba
encontrarme con un refrito de “Crepúsculo” y “Harry Potter”. Afortunadamente no
fue así y me encontré con un blockbuster muy bien dirigido, con una historia interesantísima,
y que además incitaba a la reflexión. Tras verla una segunda vez hace poco con
el motivo del estreno de la segunda parte, mis impresiones no cambiaron: estamos ante un colosal blockbuster.
La película está ambientada en un futuro cercano y distópico,
en el que tras las rebeliones de las clases bajas ante un poderoso gobernante,
se ven encerradas en doce distritos, similares a los campos de concentración
del Tercer Reich. En esta sociedad, cada año se celebran “Los Juegos del Hambre”,
un programa de televisión consistente en un concurso en el que un chico y una
chica de cada distrito son elegidos para matarse entre ellos hasta que
sólo quede uno, mientras la élite adinerada se divierte viendo el dantesco espectáculo.
